El barrio de la
Ribera era el punto final de su viaje. No reparó en ella hasta que la vio aparecer
oculta, al terminar una callecita. Las construcciones posteriores la fueron
encajonando como a muchos edificios de la época. Frente al atrio de la iglesia,
los turistas invadían las mesas de los bares vecinos. Así aliviaban el calor de
la tarde.
Miró los grandes
portones y encontró en ellos el grabado de sus lejanos antepasados: los
“bastaixos”. Habían quedado eternizados en dos pequeñas figuras de bronce sobre
las puertas. Dos hombrecitos acarreando piedras enormes sobre sus espaldas. Sin
el trabajo de ellos, la construcción habría sido imposible. Pensó en el largo camino que recorrían desde
el Montjuic hasta ese lugar, y sintió en su propio cuerpo el peso de las
grandes rocas. Dicen que los acompañaban bandadas de chicos para convidarles
agua y aliviarles el esfuerzo.
De niño, había
escuchado la historia que era contada a través de las generaciones. En el siglo
XIV, los trabajadores de la ciudad de Barcelona, querían construir una Catedral
más bella que la de los nobles de la época. Iba a ser hermosa, porque la harían
con el amor de los hijos por su Madre del Cielo. Grandiosa y austera, como la
soñaban los más humildes.
El peregrino entró
como pidiendo permiso. Sus ojos se agrandaron ante la inmensidad luminosa del templo,
que siempre había soñado conocer. Estaba mudo, se aflojaron sus rodillas y su cuerpo
se estremeció. Con la vista borrosa por la emoción, distinguió las luces de la
tarde que entraban a través de los vitrales.
Miró a su
alrededor. Las paredes blancas, desnudas, se alzaban bloque a bloque hacia lo
alto, hasta incurvarse levemente para formar los arcos del techo. Los muros de
líneas sobrias, estaban recortados por largos ventanales. En cada uno, una
figura diferente contaba algún episodio de la historia sagrada con deslumbrantes
tonalidades. Las columnas, con las bases más anchas y el extremo más angosto, daban
la impresión de alcanzar el cielo.
Siguió caminando despacio
hacia adelante, donde estaba el altar, rodeado por un cerco de columnas que
soportaban la bóveda principal. Allí, en el centro, la encontró a Ella. La
imagen de la Virgen del Mar, pequeña y de piedra. Los colores desteñidos por el
paso de los siglos contrastaban con el brillo de los vitrales. En sus brazos sostenía al Niño, quien, a su
vez, tenía el mundo en sus manos. La sencillez de la imagen, transmitía esa belleza
propia de lo despojado. Tal vez por eso atraía a cientos de desposeídos, peregrinos
y navegantes que imploraban su protección.
El viajero se
sentó en uno de los bancos para contemplar a la Virgen. Quería descansar de su peregrinación.
Se dejó llevar por su ensueño. Vio a los albañiles subidos en los andamios sosteniendo
unos tirantes. Otros en tierra, tiraban de las cuerdas de los aparejos para sujetar
las vigas que iban a encajar la clave de bóveda del altar central. El
arquitecto daba indicaciones coordinando las maniobras. Ninguno tenía que
aflojar ante semejante peso. El sudor corría por sus espaldas encallecidas, las
venas se marcaban en sus brazos tensionados. El maestro dirigía y los obreros movían
y resoplaban a un mismo tiempo, para calzar los soportes con la piedra. El peregrino
se acercó y ofreció su ayuda. Comenzó a tirar de las cuerdas como hacían los
demás. Sabían que era un momento trascendente en la construcción de la Catedral.
Sujetaban las sogas a un mismo ritmo, para anclar la bóveda. Despacio. Con cuidado,
cualquier amarra que se cortara podía provocar una catástrofe. Con precisión
milimétrica hacían cada movimiento. De pronto, todo encajó. Juntos habían logrado
lo que el maestro indicaba. Una exclamación de alegría y distención se sintió
en todo el templo.
Se despertó con su
propio grito, y sonrió pensando que sus brazos habían contribuido en la
construcción. Se sintió un “bastaixo”, un albañil, como tantos otros. En el
altar comenzaba una celebración, el humo del incienso se elevaba hasta perderse
en el infinito de la bóveda.
Miró otra vez la
imagen de Nuestra Señora del Mar, la Madre del Cielo. Le sonrió, como solía
hacerle a su propia madre. Y sintió que ella también lo miraba con ternura y le
sonreía, como si fuera un niño.
Y recordó que eso
también le habían contado sus antepasados.
Bibiana Paesani, Junio / 2025
Publicado en la Antología "Puntos Suspendidos" Narrativa - Serie Marcianos-Taller "Universo Imaginario" - Mundo Gráfico Ediciones - Diciembre /2025






