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Salta Capital, Salta, Argentina

domingo, 28 de diciembre de 2025

Microrrelato: "La casa de la Sarmiento"


Abro la puerta del zaguán. Respiro el aire de la sala. El balcón del comedor sigue con la cortinita de encaje. Mientras la llamo me inunda el olor familiar, mezcla de jazmines y canela. Cruzo la mampara con vidrios de colores y la galería de la parra. Mi abuela aparece risueña con su batón y sus zapatillas gastadas. Trae un plato con mi budín preferido, humeante. Yo corro a abrazarla. En el fondo veo el jardín que parece una selva. 

En las noches regreso, entre sonrisas y lágrimas, ella me sigue esperando. 

Bibiana Paesani, Diciembre / 2024

Publicado en la Antología "No te distraigas" Macedonia Ediciones - Abril /2025


Microrrelato: "Desde el espejo mis ojos no me miran, miran el paso del tiempo. Benedetti"

Y un día de pronto se desconoció. ¿Cuándo empezó a verse así? Su rostro no es ese que la mira desde el espejo. Sale, siente que es la de antes. Su cuerpo, sus ganas, su empuje, están vivos aún. Vuelve y encuentra nuevamente la máscara en el reflejo. Entonces, en un arranque de dignidad y valentía, tira el espejo.

Bibiana Paesani, Setiembre /2023

Publicado en la Antología "No te distraigas" Macedonia Ediciones - Abril /2025

Microrrelato: "Ansiedad"


Ella sabía tejer muy bien. Daba vueltas y vueltas entrelazando su red. En el centro, un espacio abierto. Un día, un fuerte viento la aspiró hacia ese agujero negro. Un pensamiento recurrente y catastrófico la envolvió de tal forma que no pudo liberarse. Nunca imaginó que su mente la destruiría.

 

Bibiana Paesani, Diciembre / 2021

Publicado en la Antología "No te distraigas" Macedonia Ediciones - Abril /2025

Microrrelato: "Crónicas Marcianas"

Los últimos relatos son esclarecedores. Desde el lejano planeta Tierra, llegaron en cohetes plateados. Hablaban de paz y hermandad. Pero bajo el polvo rojizo dejaron ciudades muertas. Los únicos sobrevivientes miraron el profundo océano del cielo tratando de ver las llamas de la Tierra, las ciudades en ruinas y los hombres matándose unos a otros. Pero ya no vieron nada. Entonces, como ahora, los humanos eran atroces.


Bibiana Paesani, Marzo / 2024  

Publicado en la Antología "No te distraigas" Macedonia Ediciones - Abril /2025


lunes, 15 de diciembre de 2025

Cuento: "Despertar en París"

La foto en el portarretrato, cual testigo de momentos felices, la acompaña desde la mesa de luz. Suena el despertador y ella se levanta sintiendo el frío del invierno. Cuando apaga el reloj, mira la imagen como todos los días. Calienta el agua para hacer el desayuno. Mientras tanto, alista el abrigo más grueso, la bufanda y la boina negra.

A través de la ventana, se ven las nubes bajas que anuncian la típica nevisca de diciembre. A lo lejos, se dibuja el perfil de la torre en el horizonte. El día promete ser gris.

Ella sale del edificio y cruza por la plaza del Ayuntamiento. Las personas caminan apuradas escapando de la inminente nevada. Los primeros copos empiezan a posarse en el tapado oscuro. Esperando cruzar la calle, se detiene al lado del farol de la esquina. De pronto siente la mano de él posarse en su hombro. La mano protectora que calma la ansiedad. El abrazo que la rodea y sin decir palabra, un beso. Se abandona en los labios de su amor, igual que la primera vez. Cierra los ojos. La gente sigue caminando indiferente. Siente que la espera terminó.

El silbido implacable de la tetera interrumpe la ensoñación. Mira otra vez la foto sobre la mesa de luz. No. No llegó. Nunca volvió.

El vaho de la taza de té le nubla los ojos. Abre la ventana para despejarse y las ráfagas heladas la terminan de despertar. Algo por dentro le dice que ya fue suficiente, es más, que ya esperó demasiado. Toma el portarretrato y lo estrella contra el suelo.

Vuelve a la ciudad pensando “París no es la misma de entonces. Yo tampoco”


Bibiana Paesani Enero / 2025

Cuento: "Al acecho"

El fuego de los leños crepitaba en las últimas llamas del día. Gabriel dejó el borrador sobre el escritorio de su oficina y fue a descansar. Había trabajado mucho y sentía que su novela iba avanzando. Después de varios días con la hoja en blanco, logró terminar un capítulo más. Fue a dormir pensando cómo continuar.  El cuaderno quedó abierto en la última página escrita: Ulises, el protagonista, un joven desquiciado, en un ataque de locura, secuestra a toda una familia.

Mientras el escritor descansaba, una sombra se levantó desde el manuscrito, tomó la hoja de afeitar que Gabriel usaba como sacapuntas y cortó la página del cuaderno. La hizo desaparecer en las brasas de la chimenea.

Cuando el escritor inició su trabajo al día siguiente, vio extrañado que faltaba algo. Pensó que tal vez no lo había escrito. Redactó, perplejo, lo que recordaba. En el siguiente capítulo Ulises eliminaba a cada miembro de la familia. Luego de unas horas, Gabriel almorzó  y salió a caminar unas cuadras. La brisa fresca lo despejaba. Las ideas comenzaban a aparecer en su mente, las anotaba en una libreta. Volvió a la oficina respirando aire nuevo y continuó escribiendo. Mientras él no estaba, Ulises, en la soledad del escritorio, tomó otra vez la hoja afilada y cortó la última página del manuscrito. No le gustaba quedar como un villano.

El escritor al ver que otra vez faltaban páginas, empezó a gritar y maldecir. ¡Aquí hay algo muy raro! ¡Horas, días trabajando y alguien me está boicoteando la novela! Rojo de indignación golpeaba sobre el escritorio. Caminaba en círculos hablando solo y tratando de entender qué pasaba.  Hizo un té e intentó calmarse. Siguió escribiendo, cambió el rumbo de los hechos en la novela. Pensó que Ulises liberara a los rehenes, uno por uno. Pero ese final no era muy interesante. Tenía que inventar algo más atractivo. Había que darle otro giro al relato. Mejor sería que el protagonista se quedara solo con las mujeres de la familia, las abusara, robara las joyas, los ahorros y escapara. Las mujeres quedarían amordazadas y dormidas con somníferos que les habría obligado ingerir.

Esa noche, amparado por la oscuridad, otra vez el protagonista se levantó como una sombra y arrancó las hojas recién escritas. Quería salvar a las mujeres.

Cuando Gabriel vio que una vez más faltaban las páginas, estalló en un arranque de furia, levantó el manuscrito y lo lanzó al fuego de la chimenea. El humo formó una figura humana enorme. La sombra arremetió sobre el escritor. Por detrás otras figuras con forma de mujeres venían también por él. Ulises lo sujetó del cuello hasta dejarlo sin respiración. Una de las mujeres rescató el manuscrito del fuego con las pinzas de la chimenea y lo arrojó a su cara. La otra tomó un bidón de alcohol que había junto al hogar y lo esparció por toda la alfombra. El fuego se expandió de inmediato. El escritor, moviéndose casi asfixiado, trataba de deshacerse de las sombras que lo golpeaban y del fuego que lo abrasaba.

Al día siguiente, cuando entró la mujer de la limpieza a la oficina, lo encontró encogido en una esquina, hecho un harapo. Estaba envuelto en una manta con el cuerpo temblando. Los ojos desorbitados saltaban en su cara desencajada y su boca intentaba mascullar algunas palabras. Junto a él, el manuscrito destrozado, rasgado con cortes de una hoja filosa.

La mujer no advirtió en ese momento lo que pasaba a sus espaldas. Desde las brasas de la chimenea, tres figuras de humo al acecho, se preparaban para saltar sobre ella.

Bibiana Paesani, Junio / 2025

Cuento: "En la voz de las estrellas"

El crujir de las hojas bajo sus pisadas, rompía el silencio de la mañana. Franco caminaba sin rumbo por el parque. Los árboles desnudos tenían esa fascinación de bosque de cuentos. Ese día no buscaba inspiración en la caminata. Miraba cómo sus pies desaparecían entre las hojas desmenuzadas.  Pensó que el alquiler y las tarjetas no se pagan con poemas y cuentos. Si quería dedicarse a escribir, tenía que encontrar pronto un trabajo fijo.

De repente vio el cartel a la entrada del teleférico: Convención de Ufólogos en Salta-Cerro Ala Delta. Con los últimos pesos que tenía en el bolsillo decidió comprar la entrada. ¿Pero, para qué ir? ¿si él no creía en los OVNIS? Sin embargo, que sería una buena idea para escribir un relato y siguió viaje.

Cuando el poeta llegó a la cima del cerro Ala Delta, buscó un lugar cómodo, dejó el escepticismo de lado y se dispuso a escuchar. En el primer Congreso Internacional de Ufología, atendió una conferencia tras otra: especialistas, testigos de encuentros extraterrestres, algunos abducidos, investigadores y periodistas de distintas partes del mundo. Al final de la tarde, Franco y los incrédulos ya formaban un grupo de amigos, habían debatido todos los argumentos y experiencias, pero no los habían convencido. Decidieron regresar a la ciudad y subieron juntos al teleférico.

Cuando empezaban a trasladarse hacia la cima del San Bernardo, el sol del atardecer cayó entre los cerros. En el cielo, se vio un conjunto de objetos voladores brillantes que asomaban desde el oeste. ¡Qué genial!, pensó, ¡que buenos efectos visuales!

Los que quedaban en el encuentro de ufólogos, aplaudían eufóricos ante el avistamiento, mientras que los que estaban dentro de la cápsula, no comprendían qué estaba pasando. Una de las naves más grandes se situó arriba de la góndola y lanzó unos rayos cegadores que la envolvieron con una extraña fuerza anti gravitatoria, cortando los cables de acero que la sostenían y elevándola con ella. Colgados de un OVNI como un péndulo, estaba el grupo más descreído gritando desesperados, en una abducción colectiva. Así como llegaron, los alienígenas se fueron con su botín de escépticos aterrorizados a una velocidad superior a la de cualquier aeronave conocida.

Los organizadores, corrían desconcertados, discutían, intentaban llamar a la prensa. Otros, como si fuera un reality show, sólo atinaban a grabar con sus cámaras. Un especialista de la NASA comenzó a comunicarse con las bases aeroespaciales del mundo, la del Radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico y la de Crimea, que enviaron señales al espacio. Solicitaban, mediante mensajes de ondas electromagnéticas, la restitución inmediata de las personas secuestradas y un urgente esclarecimiento de la intrusión.

Mientras tanto, en la góndola, al ver el estado de shock que tenían los humanos, los invasores les inyectaron de manera remota, incierta, un gas narcótico. Algunos se exaltaron, golpeando las ventanillas, otros no coordinaban sus movimientos y se caían. Por alguna razón, los extraterrestres se fueron y los abandonaron en la desolación espacial, no sin antes dejarles, por un conducto del techo, una importante cantidad de cápsulas comestibles y de hidratación. Un momento después, se tranquilizaron bajo los efectos del gas.

Entonces, Franco, que no dejaba de observar el espacio exterior, golpeando una ventana, dijo a los gritos

- ¡Miren afuera! - el grupo se pegó a los vidrios. Frente a sus ojos cruzaba un cometa dejando una estela de gases luminosos. Más lejos, el cielo parecía llover estrellas fugaces. Y en el fondo, como un camino de espuma de polvo galáctico, cruzaba el manto de la Vía Láctea. Sin pensarlo, comenzaron a disfrutar la exploración del infinito.

No saben cuánto tiempo pasó o pasará. Siguen viajando, librados a las fuerzas fundamentales que rigen las galaxias, como si estuvieran a la deriva en el útero del universo, pero sin un cordón umbilical que los una a algún planeta conocido. Navegan por la inmensidad esperando que alguien los rescate.

Entretanto, el poeta los anima a relajarse y percibir el alma del cosmos que canta eternamente en la voz de las estrellas.

Bibiana Paesani, Agosto / 2025

lunes, 8 de diciembre de 2025

Cuento: "Cuidate Lola"

Cuando caminaba con mi perro Sherlock, por la playa, sentía que era una privilegiada. Yo vivía enamorada de ese lugar, ese espacio donde todo se sentía azul, como el mar. Como ese suave soplo del levante, que traía buen tiempo desde el este y susurraba sobre la arena. Era mi paisaje de sueños, de libertad. Como decía el libro que estaba leyendo: “La vida te va enseñando que los sueños de libertad son sagrados.” Si, la libertad que iba alcanzando, era algo sagrado para mí. 

Después de trabajar en mi taller todo el día, mi mayor placer era caminar descalza. Una mansa energía me recargaba desde la arena. Eran los días en que Pablo, mi novio, tenía que viajar por trabajo desde Málaga hacia Ceuta, una ciudad española en el norte de África. Yo aprovechaba para salir a vender mis artesanías en la costa, paseando con mi perro, que curioseaba inquieto por todos los rincones.

Era feliz con Pablo. Cuando nos conocimos en una feria, sus ojos verdes me encandilaron. ¡Nunca había visto unos ojos así! ¡Mi amor fue a primera vista! Él decía que mi personalidad decidida y audaz lo había cautivado. Se nos ocurrió venir a vivir juntos a una ciudad del Mediterráneo, y yo, resuelta como soy, no dudé en acompañarlo. Era una propuesta muy atractiva. Cuando Pablo estaba de viaje, yo disfrutaba de mi soledad. Metía mi libro y un bocadillo en la mochila y salía a ofrecer mis trabajos. Así pasaba las horas tratando de vender algo, leyendo de a ratos y contemplando el horizonte. Él era bastante reservado de sus cosas.   

Una tarde, fuimos con Sherlock hacia una playa que no solíamos visitar. Divisé una barcaza cerca de la costa. Rebalsaba de gente, parecía que en cualquier momento iba a naufragar. De seguro eran migrantes ilegales del norte de África. No solían llegar a los lugares que yo frecuentaba, por eso no los había visto antes. En la orilla, un grupo pequeño de gente los esperaba y les entregaba unos papeles. Me oculté tras una embarcación vieja encallada y desde allí observé lo que sucedía. ¡Qué extraño! Quienes los recibían no tenían chalecos de la Cruz Roja, ni de ONG conocida, como había visto por televisión alguna vez.

Sorpresivamente, Sherlock, salió corriendo hacia el grupo y comenzó a ladrar y mover la cola como si hubiera reconocido a alguien. Yo me mantuve lejos, mientras el perro ladraba y corría entre las personas.

De pronto, apareció un Comando de la Guardia Civil que rodeó a los hombres que estaban con los inmigrantes, los detuvieron y los trasladaron en vehículos oscuros.  En tanto, llegaron ambulancias de la Cruz Roja que llevaron a los inmigrantes.

Regresé impresionada, al piso que compartía con Pablo. Mientras preparaba la cena, encendí la tele para ver las noticias. Mostraban cómo capturaban una mafia que traficaba inmigrantes y transportaba drogas, en el mismo lugar donde yo había estado unas horas antes. Los detenidos eran siete, en la pantalla exhibían sus rostros.

Recordé una frase en mi libro: “Cuando el hombre encuentra algo que le cambia la vida, nace de nuevo, pierde el ser que antes tenía. Entonces lleva en el alma un ‘paisaje prometido’, otra tierra que tiene que buscar hasta encontrarla”.

Me quedé paralizada al ver la pantalla. Fue como un rayo fulminante sobre mí. Había estado en el lugar exacto y el momento preciso para descubrir la verdad. Aturdida, guardé mis cosas, tomé mi mochila, y me fui con Sherlock.


Bibiana Paesani, Agosto / 2025

Publicado en la Agenda Literaria 2026 del Taller "Una voz que Cuenta"

Cuento: "El apocalipsis de los bichos"

El séptimo día descansó. Contempló a las abejas sobrevolar las lavandas. Un picaflor zumbando sobre las flores de salvia azul y las rosas chinas rojas. Algunas hojitas del otoño incipiente caían por la brisa suave. Se tendió en su hamaca paraguaya y reposó feliz mientras leía un libro.

Pero no fue así en el principio. El primer día se levantó muy temprano, cuando todavía dominaba la penumbra y se dispuso a regar el jardín. De repente notó algo raro en los rosales, estaban quedando sin hojas. Los miró extrañado, pero no le dio importancia. Siguió regando al tiempo que los primeros rayos de sol aparecían detrás de los cerros. Puso su hamaca en los ganchos y se acostó esperando que la luz venciera la oscuridad.

El segundo día, preparó el mate y barrió las hojas secas. Quedó petrificado cuando encontró los rosales pelados, solo quedaban los tallos. Dejó el mate en la mesita del jardín y corrió a buscar el frasco de polvo blanco. Lo esparció por todos lados, junto a los troncos de los rosales y en el resto de las plantas. Tomando mate admiró sus preciosas flores y aspiró el suave perfume de las lavandas y los jazmines. Luego partió a su trabajo.

Cuando fue al jardín el tercer día, quedó mudo de espanto al ver sus salvias azules sin hojas ni flores. ¡Era una despedida radical a los picaflores! ¿dónde iban a posarse de ahora en más? Estaba paralizado y con la mente en blanco. Empezaba a ponerse furioso. Pasó todo el día pensando cómo salvar sus plantas.

Llegó el cuarto día. El daño era catastrófico. Observó y analizó. Descubrió que no eran solamente las hormigas. Las hojas de los jazmines estaban mordidas, y los tallos casi desnudos. Media hora de ejercicios de respiración le devolvieron la calma y la lucidez para decidir qué hacer. Se dirigió al vivero,  compró  granitos rojos para las hormigas y  celestes para las babosas. También llevó varios plantines de incienso, su olor penetrante alejaría a las plagas. Esa noche antes de dormir, bajo el firmamento estrellado, recorrió ansioso el jardín  tratando de encontrar a las malvadas bestias que lo habían arruinado todo, pero nada. Solo había silencio.

El quinto día se levantó con una fuerza renovada. Le costaba controlar la adrenalina que le provocaba la  lucha. Regó el jardín.  Plantó los inciensos formando un cerco bajito, verde y blanco alrededor de  las salvias y los jazmines. Vio que todo quedaba muy bien. Luego esparció con sumo cuidado los granitos rojos y los celestes por el jardín. A esa altura, la única forma de defenderse, era atacar, y no dejó ningún flanco débil. Terminó de dispersar su munición y marchó a su trabajo. Empezó a saborear el triunfo sobre esos bichos malditos.

Llegó el sexto día y en medio de la inquietud que lo embargaba, vio concretada su obra maestra: las hormigas caminaban en una larga fila hacia el hormiguero. Cada una llevaba, como si fuera un tesoro, un granito rojo o celeste. De vez en cuando había una que acarreaba una hojita verde. Era un largo collar de mostacillas que se movía en el césped. Por los gusanos y las babosas, no se hizo  tanto problema,  conocía la efectividad de los granitos celestes. Buscó el celular para grabarlos. Se sintió todopoderoso, mirando cómo sus víctimas  avanzaban  hacia su propia destrucción,  una mezcla de morbosa satisfacción y lástima. Registró ese evento histórico, como si fuera el fin del mundo. Sabía que esa hilera de puntitos negros, celestes y rojos, moviéndose entre el pasto, era su triunfo definitivo. En algún lugar, muy en el fondo, se supo que era patético, pero siguió sonriendo enajenado.


Bibiana Paesani, Marzo /2025

Publicado en la Agenda Literaria 2026 del Taller "Una voz que Cuenta"


domingo, 7 de diciembre de 2025

Microrrelato: "Inquietud de otoño"

Los árboles se entrelazan sobre mí. Ramas amarillas, anaranjadas y verdes. Caen hojas que me cubren. Me tapan poco a poco. Veo pedazos de cielo celeste a lo lejos. Las ramas se cruzan y se enredan allá arriba. Corre una brisa y se desprenden más hojas. Me esconden, me acallan. Escucho acordes sombríos que van in crescendo. Ensordecen. Me rodean tinieblas. La oscuridad se apodera de mis ojos. Mis tímpanos explotan. El frío se apropia de cada uno de mis miembros. Desaparezco. Un remolino oscuro me chupa hacia el fondo. Me desplomo. Pierdo la conciencia. No estoy dentro de mí. Es el fin.

Mi cuerpo rebota y se eleva hacia esa vorágine de ramas amarillas, anaranjadas y verdes. Un rayo de luz lo atraviesa. Me paraliza ese instante eterno en que no sé si soy o no soy.

Bibiana Paesani, Junio /2025

Publicado en “Tiemblo con la oscuridad apagada. Antología internacional de terror”. EDEL Ediciones

y en la Agenda Literaria 2026 del Taller "Una voz que Cuenta"

Microrrelato: "El fuego de los dioses"

La Plaza de la Concordia rebosaba de gente. Era la final. Quedaban solo nueve competidores. Y llegó a esa instancia. Después de años de trabajo duro, fracturas en todo el cuerpo y heridas de guerra en el alma.

Él sabía que con la rutina que acababa de finalizar tenía muchas chances de subirse al podio. Desafió con sus piruetas la gravedad y todo le salió impecable. Por eso cuando terminó su pasada, levantó la bicicleta por encima de su cabeza en señal de victoria.

Luego en el pedestal entonó, controlando las lágrimas: “Oh juremos con gloria morir”. “Era matar o morir” dijo con la medalla dorada en el cuello.

El Maligno Torres se llenó de Gloria en París 2024, con el fuego divino que Prometeo arrebató a Zeus. 

Bibiana Paesani, Abril / 2025


Publicado en la Antología Colectivo Internacional de Minificción 

"Microhéroes" de Editorial Eos Villa Argentina

Microrrelato: Migrantes II "Cuando regreses"

Si algún día volvieras de esa tierra prometida, que no te recibió con los brazos abiertos como a un hijo. Si triunfaste sobre esa Bestia maldita que te permitió llegar. Si lograste esquivar las bandas criminales y saltar esos muros más altos que la desesperación, con tus pies heridos por las púas del sendero.

Si alguna vez regresas a buscarme, tal vez encuentres nuestra casa destruida. Quizás te topes con una esperanza rota a reparar. Como los sueños que ansiamos juntos, como los hijos que nunca tuvimos, como mi deseo de acompañarte hacia a la libertad.

Al volver me hallarás en mis últimos despojos, mirando fijo si apareces por el camino. Con mi anhelo de que aún podríamos ser felices.

O tal vez sea solo mi deseo convertido en locura.

Bibiana Paesani, Abril / 2025

Microrrelato: Migrantes I: "Todos somos migrantes"

Un hilo invisible se desliza a través del tiempo y el espacio en cada historia. Mi abuelo salió de Toscana y llegó desbordado de sueños a esta región. Cultivó en un suelo extranjero, sembró un nuevo linaje en su tierra prometida. Y el hilo siguió recorriendo lugares y momentos a través de sus descendientes.

Un día el hilo me enlazó para continuar el viaje. Asumí el desafío para mí y mis herederos. Partí ilusionado, como mi abuelo con su valija de cuero, hacia horizontes desconocidos. Y aquí me tienen, llegando a Italia, mi tierra prometida.

Bibiana Paesani, Abril / 2025

Microrrelato: "Nostalgia de aguas cristalinas"

A veces la historia parece repetirse. Cuenta el Antiguo Testamento que el Faraón no quería liberar al pueblo hebreo de la esclavitud. Moisés, con el poder de Dios, golpeó el agua con su cayado y el Nilo se convirtió en sangre. Esto es recordado como la primera plaga contra los egipcios. Los científicos afirman que fueron algas rojas, frecuentes en ese río. En estos días, el Sarandí, que fluye por zonas castigadas por la pobreza, se tiñó de rojo. Los vecinos se alarmaron por la contaminación de residuos industriales.

Ya no quedan niños jugando descalzos en la orilla, ni hay chapuzones desde la roca más alta. No están los pescadores en la parte más honda, buscando su alimento diario. Añoro las siestas recostado en su lecho sintiendo su frescura que me aliviaba el calor. Caminar por la arena, mientras buscaba un refugio a la sombra de un sauce.

Entonces, como ahora, la tierra herida sangra por causa de los hombres.

Bibiana Paesani, Febrero / 2025

Publicado en la Antología de textos del Concurso del Proyecto Agua Segura - Fundación Kamkunapa "Palabras como un Río"  

Microrrelato: "El beso en el Ayuntamiento"

Ella apaga el reloj y mira otra vez la foto. Calienta el agua para desayunar. A través de la ventana, distingue la torre en el horizonte. Alista su abrigo.

Sale y cuando va a cruzar la calle, percibe su mano sobre el hombro. Él la rodea y la besa, como aquella vez. Siente que la espera terminó.

El silbido de la tetera la despabila. No. Nunca volvió. Sus ojos se nublan. Abre la ventana para aspirar el frío. Ya fue suficiente. Toma el portarretrato y lo estrella contra el suelo. Piensa: “París no es la misma de entonces. Yo tampoco”.

Bibiana Paesani Marzo /2025

Publicado en la Antología Internacional 2025 "Brevísimos Microcuentos" de Ediciones La Retórica 

Microrrelato: "Aspasia de Mileto"

Brillante, atractiva e ingeniosa, sabía que siendo cortesana accedería con libertad a la sociedad de Atenas del Siglo V a. C. Pericles se enamoró de ella y la convirtió en su consejera. Soportó un juicio de impiedad por corromper a mujeres. Fue maestra de Sócrates. Platón escribió acerca de ella. Luchó por su lugar en un mundo hostil:

̶ ¿¡Qué os creéis vosotros!? ¡No me vencieron cuando me atacaron por ser hetaira y extranjera! -

̶ ¡¿Y me vais a borrar de las crónicas por ser mujer?!̶ 

¡La historia la reivindicó y regresó deslumbrante a los libros de filosofía!


Bibiana Paesani, Marzo /2025

Publicado en la Antología Internacional 2025 "Nativas. Mes de la Mujer"  de Ediciones La Retórica 

viernes, 5 de diciembre de 2025

Microrrelato: "Plutón"

 

Cruzó delante de los troncos de la enredadera. Vi la sombra tenebrosa e inmensa. La luz difusa de la calle la volvía más enigmática. Lo vi a pesar de su sigilo, me estremecí. Sobre la medianera divisé las formas de las ramas: el nudo de ahorca, el ojo tuerto… El chirrido del colectivo de la madrugada lo puso en alerta. Estiró el lomo mirando por la ventana. Saltó entre las cortinas y me atacó. Grité desaforadamente y distinguí entre las sombras al gato que ronda por los techos. Huía espantado.

                                                                                        

Bibiana Paesani, Enero / 2024

Microrrelato: "La pierna de Barbie 'Rarita' ”

Me pusieron la anestesia peridural y me canalizaron una vena de la mano para el suero. Me fueron preparando para la cirugía de vena safena. Estaba acostada en la camilla con los brazos en cruz, envueltos en vendas para que no sienta frío y atados a las maderas que los sostenían. Pusieron una sabanita adelante para que no vea lo que iban a hacer.

De pronto vi una pierna levantada haciendo “Split” frente mío, mientras los cirujanos le ponían “pervinox”. Yo no estaba sedada, pero era un objeto externo a mí. No sentía conexión con mi cuerpo. ¿Era mi pierna? Recordé la película de Barbie y me vi encarnando a Barbie “Rarita” en el quirófano.

 

Bibiana Paesani, Octubre/2023