Cuando caminaba con mi perro Sherlock, por la playa, sentía que era una privilegiada. Yo vivía enamorada de ese lugar, ese espacio donde todo se sentía azul, como el mar. Como ese suave soplo del levante, que traía buen tiempo desde el este y susurraba sobre la arena. Era mi paisaje de sueños, de libertad. Como decía el libro que estaba leyendo: “La vida te va enseñando que los sueños de libertad son sagrados.” Si, la libertad que iba alcanzando, era algo sagrado para mí.
Después de trabajar en mi taller todo el día, mi mayor
placer era caminar descalza. Una mansa energía me recargaba desde la arena.
Eran los días en que Pablo, mi novio, tenía que viajar por trabajo desde Málaga
hacia Ceuta, una ciudad española en el norte de África. Yo aprovechaba para salir
a vender mis artesanías en la costa, paseando con mi perro, que curioseaba
inquieto por todos los rincones.
Era feliz con Pablo. Cuando nos conocimos en una feria, sus
ojos verdes me encandilaron. ¡Nunca había visto unos ojos así! ¡Mi amor fue a
primera vista! Él decía que mi personalidad decidida y audaz lo había
cautivado. Se nos ocurrió venir a vivir juntos a una ciudad del Mediterráneo, y
yo, resuelta como soy, no dudé en acompañarlo. Era una propuesta muy atractiva.
Cuando Pablo estaba de viaje, yo disfrutaba de mi soledad. Metía mi libro y un
bocadillo en la mochila y salía a ofrecer mis trabajos. Así pasaba las horas
tratando de vender algo, leyendo de a ratos y contemplando el horizonte. Él era
bastante reservado de sus cosas.
Una tarde, fuimos con Sherlock hacia una playa que no
solíamos visitar. Divisé una barcaza cerca de la costa. Rebalsaba de gente,
parecía que en cualquier momento iba a naufragar. De seguro eran migrantes
ilegales del norte de África. No solían llegar a los lugares que yo
frecuentaba, por eso no los había visto antes. En la orilla, un grupo pequeño
de gente los esperaba y les entregaba unos papeles. Me oculté tras una
embarcación vieja encallada y desde allí observé lo que sucedía. ¡Qué extraño!
Quienes los recibían no tenían chalecos de la Cruz Roja, ni de ONG conocida,
como había visto por televisión alguna vez.
Sorpresivamente, Sherlock, salió corriendo hacia el grupo y
comenzó a ladrar y mover la cola como si hubiera reconocido a alguien. Yo me
mantuve lejos, mientras el perro ladraba y corría entre las personas.
De pronto, apareció un Comando de la Guardia Civil que rodeó
a los hombres que estaban con los inmigrantes, los detuvieron y los trasladaron
en vehículos oscuros. En tanto, llegaron
ambulancias de la Cruz Roja que llevaron a los inmigrantes.
Regresé impresionada, al piso que compartía con Pablo.
Mientras preparaba la cena, encendí la tele para ver las noticias. Mostraban
cómo capturaban una mafia que traficaba inmigrantes y transportaba drogas, en
el mismo lugar donde yo había estado unas horas antes. Los detenidos eran
siete, en la pantalla exhibían sus rostros.
Recordé una frase en mi libro: “Cuando el hombre encuentra
algo que le cambia la vida, nace de nuevo, pierde el ser que antes tenía.
Entonces lleva en el alma un ‘paisaje prometido’, otra tierra que tiene que
buscar hasta encontrarla”.
Me quedé paralizada al ver la pantalla. Fue como un rayo
fulminante sobre mí. Había estado en el lugar exacto y el momento preciso para
descubrir la verdad. Aturdida, guardé mis cosas, tomé mi mochila, y me fui con
Sherlock.
Bibiana Paesani, Agosto / 2025
Publicado en la Agenda Literaria 2026 del Taller "Una voz que Cuenta"


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